jueves, 24 de abril de 2008

NUEVA CONTINUACIÓN

En la soledad de una habitación, contenedora tan sólo de sombras, una mesa, una silla y un par de estantes repletos de piernas y brazos apilados, cabezas a medio peinar y algún que otro disfraz, se entretenía Juan Pedro todas las tardes, desde las cuatro, tras haber malcomido alguna lata de conservas. En un cuarto sin ventanas, la luz provenía de un pequeño flexo de mesa que alumbraba poco más que un metro cuadrado de materia, física o no, de la insana estancia. La atmósfera estaba siempre muy recargada al poco de entrar. Antes de su presencia tan sólo estaba cargada, merced al poco aire nuevo que entraba por los bajos de la puerta. El cigarro, de la boca al cenicero y viceversa, era parte de su cuerpo como evidenciaban unos dedos amarillos y unos dientes más opacos de lo normal. La mesa, amplia, soportaba el desorden de quien nada espera de la vida y se entrega a la desesperada labor de ver cómo van cayendo los granitos de arena por las estrecheces del reloj; de alguien que se alimenta por costumbre, que duerme por desgana; un ser asocial, ajeno al significado de la esperanza, aislado tras su piel. En su cara siempre la misma barba varios días persistente, no por dejadez sino porque desde la adolescencia -¿dónde queda?- se le irritaba la piel durante cada afeitado. Fue, en su tiempo, al dermatólogo, aprovechando un quiste, sebáceo le diría el especialista, que se le impuso en la espalda. Después de mirarle el insolente bulto –menos mal que estaban en febrero y no había piscina a la que ir- José Pedro aprovechó el momento. “No me puedo afeitar”, comenzó, “se me irrita la piel nada más empiezo”. El médico, que era muy reputado en su campo, siguió a lo suyo, escribiendo sin escucharle en una hoja tamaño cuartilla en la que ya estaba impreso su nombre y dirección de la consulta. Al acabar interpretó sus jeroglíficos. “Aplícate esto una vez al día –aquí señaló una palabra- con una gasa por el quiste –Juan Pedro alternaba la mirada entre la del propio médico, la cuartilla y el saltarín bolígrafo de plata- durante una semana –no es mucho, pensó el enquistado- y después vuelves a que te vea”. Ahora le avanzó la cuartilla, se levantó y le alargó la mano, esperando la de su paciente para estrecharla. Cuando ya estaba Juan Pedro para enfilar la puerta le dijo “De lo de la piel de la cara pregunta en la farmacia por alguna crema especial”. Pero no acabó por preguntar nunca y el consejo del reputado dermatólogo cayó en saco roto, yendo a morir sus palabras al cementerio del olvido. Así pues, la barba siguió creciendo y él siguió rasurándola una vez por semana, periodo suficientemente extenso como para que su piel no sufriera en demasía.


Ocupaba un piso de las afueras, dos habitaciones, cocina y salón. El segundo B. En el A vivían los Tortuera y, al otro lado de la escalera de servicio, un joven informático recién emancipado y un matrimonio, señor y señora Calvez, con su hijo. Con ellos sólo hablaba lo estipulado en el contrato tácito del buen vecino, es decir, del frío en invierno, del tremendo calor en verano y, alguna vez que se sentía expandido y locuaz, de lo cara que está la vida. Aunque le importaba una mierda cualquiera de estas cosas. En invierno se abrigaba, en verano ponía el aire acondicionado y a finales de mes cobraba más de lo que podía gastar, por lo que consideraba aquellas conversaciones simplemente como obligadas en el paso de una puerta o en la espera del ascensor. Pero nunca se quejaba, ni se alejaba refunfuñando, tan sólo dejaba que pasaran las cosas.


Juan Pedro gustaba del vivir ermitaño. Raras veces salía de su oscuro apartamento si no era para ir al mercado de la esquina o al estanco de doña Paquita; “Soy un animal de costumbres”-se decía. El mercado lo visitaba todos los lunes a las 6. Siempre compraba lo mismo: numerosas latas de conserva –mejillones y sardinas en sus diversas variedades-, decenas de plátanos y cinco cajas de mondadientes. Ciertamente, todos allí le conocían y al principio, su presencia y su raro comportamiento –nunca hablaba más allá de lo necesario- les producía un ligero resquemor. Con el tiempo, le tomaron por un loco inofensivo y sus apariciones por el mercado se convirtieron en motivo de mofa. “Está tarado” –decía José, el pescadero; “Durante doce años me ha comprado entorno a una treintena de plátanos semanales. Yo creo que no está bien de la cabeza” –comentaba Jesús, el frutero, con una sonrisa en la boca. “Y lo de los palillos, eso es para nota” –apuntillaba Josefina, la cajera.

Una vez aprovisionado, Juan Pedro cruzaba la calle con su cesta de esparto roído, para dar a parar al estanco de doña Paquita. Lo cierto es que doña Paquita había muerto hacía unos años de una trombosis coronaria y al no tener más descendencia que sus queridos gatos, el negocio lo adquirió un viejo señor ruso, Dimitri, quien vivía en España desde que participó en la Guerra Civil del lado de los republicanos. A pesar de que doña Paquita ya no viviese, todo el mundo en el barrio conocía el estanco como se le había conocido siempre: o bien el estanco de doña Paquita o simplemente “la Paqui”. Allí, Juan Pedro compraba dos cartones de ducados negro y doce sellos de distintos valores. Dimitri, quien gustosamente se interesaba por sus clientes, pronto supo que no debía preguntar demasiado a Juan Pedro. Un pertinente “hola” y un desgarbado “hasta pronto”, eran los únicos elementos de conversación entre ambos.

Nunca cenaba más tarde de las ocho, solía colocar dos latas, una de sardinas y otra de mejillones, sobre la mesa. Después abría el cajón más cercano al fregadero y de allí sacaba un tenedor y un cuchillo y los disponía junto a la lata. Después, de la estantería superior, cogía un vaso –de esos que servían de recipiente de las cremas de chocolate- y lo llenaba de agua del grifo. El agua tenía que estar tibia, ni fría ni caliente. El frío le debilitaba las encías y el agua caliente le era muy desagradable. A continuación, se sentaba y, como si del triunfo del emérita se tratase, disfrutaba de su gran festín. Tras comer las dos latas, cogía un plátano y lo pelaba con el cuchillo. Posteriormente le seccionaba las puntas hasta casi la mitad, tiraba los dos fragmentos a la basura y se comía lo poco de plátano que había quedado. Así, repetía la operación hasta cinco veces.

Un genio es, indefectiblemente, alguien que se proyecta más allá de los límites normales de la conducta humana, pues, ya sea de forma consciente o involuntaria, éstos acaban por quedárseles pequeños. Ser uno de estos pocos elegidos es arduo, de tan débil que es la frontera con el paria o anormal. Pero son los menos de los casos. Recorriendo la línea de la historia se vislumbran, entre tantos otros, unos puntos más gordotes, hitos que marcaron el devenir. En su tiempo fueron muchas veces indeseables, y como tales, apartados de su sociedad. Los mismos que hoy son tenidos por verdaderos nudos de amarre entre lo empírico y lo esperable, y a los que les es debido un justo reconocimiento.

Juan Pedro se tenía por uno de estos puntos gordotes. Por eso comía cinco medios plátanos todos los días; para que cuando las generaciones postreras contemplaran su vida y obra, extasiados de los impensables a los que había aupado a su campo de acción, las maestras (sobre todo éstas, más impresionables) pudieran agregar en un evocador susurro, como coletilla a su extensa explicación, las siguientes palabras “de este genio se dice, además, que comía cinco medios plátanos todos los días”. Y en esto pensaba cada vez que masticaba uno de ellos, deleitándose en las caras confundidas de los pequeños, a quienes se imaginaba boquiabiertos, apesadumbrados por la excelsa figura de quien fue Juan Pedro (él), punto gordote donde los haya, en la historia del progreso humano.

El veinticinco de mayo no iba a ser diferente, y las sardinas pasaron de la lata a su estómago, como después lo harían los mejillones y los plátanos. Todo bien irrigado con un buen tazón de agua del grifo, tibia, como le gustaba. Recogió las latas vacías, que fueron a parar a una gran bolsa negra, de las de basura, en la que había más latas y cáscaras de plátano. La cocina, pequeña, se le antojaba demasiado espaciosa al no hacer uso de algún electrodoméstico. Le sobraban cajones, estantes y armaritos. Le estorbaban las ollas y cazuelas, que tuvieron su razón de ser cuando aún comía lo que cualquier vecino, antes de decidirse por ser un genio. Ahora, instalada su carrera en la vertiginosa trayectoria hacia el éxito, todo aquello no eran más que molestos recuerdos de una vida anodina y vulgar, a la que procuraba no dedicar ni un solo segundo de su recuerdo.

De nuevo en su taller, satisfecho, se encendió un cigarro. Su mente paseaba por las posibilidades de un nuevo artilugio al que se había abandonado desde hacía tres semanas: un Diseminador Patérico, así bautizado por ser la resultante de la conjunción de los estados patético y eufórico. Su idea era dar con la solución química capaz de convocar en un solo sujeto un estado de ánimo altamente contradictorio, capaz de someter al corazón a los desgarrones más emotivos, obrando jirones sentimentales en cada individuo. Únicamente había de encontrar esa fórmula que llevara hasta los máximos las contradicciones posmodernas en que Occidente se había asentado. Ni más ni menos que un acelerante ontológico que provocaría la condensación, en un tiempo variable, de todos los potenciales sentimientos del ser humano. Un viaje intrapersonal hacia las posibilidades de uno mismo. Una peregrinación por lo más escondido del interior del ser humano, en el que el fin del camino determinaría la predominancia emotiva del sujeto. Un llanto o una carcajada tras la prueba del Diseminador Patérico concluirían definitivamente la predisposición anímica del estudiado.

Hacía unos minutos que el cigarro se había consumido entre sus dedos. El Diseminador Patérico era para él una gran puerta por la que escapar de la realidad. Se entregaba horas a su estudio, a su hipotética realidad futura. Pero ese día, estaba cansado y sus neuronas no discurrían normalemente. Sonó el timbre. Ni caso. De nuevo un cigarro viajando de la boca al cenicero. Otro timbrazo, más largo, más molesto. Tercer timbrazo.

- ¡Sí! Estoy aquí, en mí casa- JP iba hacia el recibidor, profundamente molesto. Descorrió la cortina de cobre que escondía la mirilla, acercó el ojo derecho y vio a un mensajero, el casco de la moto resguardándole el codo. Dos segundos después, abrió la puerta.

- ¿El señor… -el joven mensajero no pudo evitar dejar la pregunta a medias al observar el aspecto desgarbado de Juan Pedro y cómo su figura se difuminaba con la tenue luz que procedía del pasillo. Una vez repuesto de la impresión, el joven, enrojecido, continúo la pregunta- ¿El señor Juan Pedro de Santiago?

-Si – espetó con el cigarrillo en la boca mientras el humo se le clavaba en sus entornados ojos.

-Ha recibido este paquete –dijo el joven ligeramente asustado.

-¿A ver? –le dijo mientras extendía su huesuda mano.

Aquel era un paquete de mediano tamaño. Era cuadrado, más bien rectangular. Estaba envuelto de un papel color cartón, muy habitual en los paquetes de mensajería. En el dorso rezaba un nombre escrito en letras cursivas y acompañado de un sello, como onomástico de una familia noble.

-Debe firmar aquí.

Juan Pedro no oyó o no quiso oír al mensajero. Leyó de nuevo el remitente. Seguía sin creerlo. Lo volvió a leer. Hacía veinte años que esperaba aquel paquete. Al principio, lo esperaba cada día, pero con el devenir de los años, había perdido la esperanza de recibir paquete alguno. Había perdido la esperanza de recibirlo, quizá al mismo tiempo que perdía la ilusión por su propia existencia.

-Perdón señor tiene que firmar aquí –insistió el muchacho.

Juan Pedro alargó de nuevo su esquelético brazo y sin levantar la mirada del paquete, tachó con una equis en un lugar del impreso bastante alejado de donde el joven apuntaba, quien, por miedo quizá, no dijo nada.

Cerró la puerta sin dejar terminar la frase al joven mensajero que abandonó el pasillo murmurando entre dientes. JP se acercó al cuarto de estar, donde depositó el paquete sobre la única mesa de la sala. Él se sentó en una de las dos sillas, la más nueva -o mejor menos vieja- y perdió su mirada en el infinito.

El cigarro hacía un tiempo que se había apagado entre sus labios, prácticamente quemados por la ceniza del filtro carbonizado. El primer movimiento en muchos minutos que JP realizó fue el de llevarse a la boca otro cigarrillo a la vez que retiraba el anterior. Por un momento, apartó la mirada del infinito para poder encender su nuevo pitillo, pero tan rápido lo hizo, devolvió la vista a la eternidad.

No supo si pasó un minuto, dos horas o el veinticinco, veintiséis y veintisiete de aquel mes, el quinto del año, pero de pronto Juan Pedro comenzó a reír de forma histérica. Reía a carcajada limpia, mucho más escandalosa que cualquiera de las risotadas que tanto abominaba. Se trataba de un rictus que alternaba angustia y nerviosismo, ansiedad e inquietud. Pasados unos minutos, la risa torno en llanto, un llanto que se acercaba a la satisfacción de tener por fin ese algo que tanto había anhelado. Aquellos sentimientos, el sentimiento de llorar de placer o reír de angustia, le habían hecho dejar de pensar por primera vez en aquel paquete y recordarle de nuevo el proyecto del Diseminador Patérico.

lunes, 7 de abril de 2008

CONTINUACIÓN III

En la soledad de una habitación, contenedora tan sólo de sombras, una mesa, una silla y un par de estantes repletos de piernas y brazos apilados, cabezas a medio peinar y algún que otro disfraz, se entretenía Juan Pedro todas las tardes, desde las cuatro, tras haber malcomido alguna lata de conservas. En un cuarto sin ventanas, la luz provenía de un pequeño flexo de mesa que alumbraba poco más que un metro cuadrado de materia, física o no, de la insana estancia. La atmósfera estaba siempre muy recargada al poco de entrar. Antes de su presencia tan sólo estaba cargada, merced al poco aire nuevo que entraba por los bajos de la puerta. El cigarro, de la boca al cenicero y viceversa, era parte de su cuerpo como evidenciaban unos dedos amarillos y unos dientes más opacos de lo normal. La mesa, amplia, soportaba el desorden de quien nada espera de la vida y se entrega a la desesperada labor de ver cómo van cayendo los granitos de arena por las estrecheces del reloj; de alguien que se alimenta por costumbre, que duerme por desgana; un ser asocial, ajeno al significado de la esperanza, aislado tras su piel. En su cara siempre la misma barba varios días persistente, no por dejadez sino porque desde la adolescencia -¿dónde queda?- se le irritaba la piel durante cada afeitado. Fue, en su tiempo, al dermatólogo, aprovechando un quiste, sebáceo le diría el especialista, que se le impuso en la espalda. Después de mirarle el insolente bulto –menos mal que estaban en febrero y no había piscina a la que ir- José Pedro aprovechó el momento. “No me puedo afeitar”, comenzó, “se me irrita la piel nada más empiezo”. El médico, que era muy reputado en su campo, siguió a lo suyo, escribiendo sin escucharle en una hoja tamaño cuartilla en la que ya estaba impreso su nombre y dirección de la consulta. Al acabar interpretó sus jeroglíficos. “Aplícate esto una vez al día –aquí señaló una palabra- con una gasa por el quiste –Juan Pedro alternaba la mirada entre la del propio médico, la cuartilla y el saltarín bolígrafo de plata- durante una semana –no es mucho, pensó el enquistado- y después vuelves a que te vea”. Ahora le avanzó la cuartilla, se levantó y le alargó la mano, esperando la de su paciente para estrecharla. Cuando ya estaba Juan Pedro para enfilar la puerta le dijo “De lo de la piel de la cara pregunta en la farmacia por alguna crema especial”. Pero no acabó por preguntar nunca y el consejo del reputado dermatólogo cayó en saco roto, yendo a morir sus palabras al cementerio del olvido. Así pues, la barba siguió creciendo y él siguió rasurándola una vez por semana, periodo suficientemente extenso como para que su piel no sufriera en demasía.


Ocupaba un piso de las afueras, dos habitaciones, cocina y salón. El segundo B. En el A vivían los Tortuera y, al otro lado de la escalera de servicio, un joven informático recién emancipado y un matrimonio, señor y señora Calvez, con su hijo. Con ellos sólo hablaba lo estipulado en el contrato tácito del buen vecino, es decir, del frío en invierno, del tremendo calor en verano y, alguna vez que se sentía expandido y locuaz, de lo cara que está la vida. Aunque le importaba una mierda cualquiera de estas cosas. En invierno se abrigaba, en verano ponía el aire acondicionado y a finales de mes cobraba más de lo que podía gastar, por lo que consideraba aquellas conversaciones simplemente como obligadas en el paso de una puerta o en la espera del ascensor. Pero nunca se quejaba, ni se alejaba refunfuñando, tan sólo dejaba que pasaran las cosas.


Juan Pedro gustaba del vivir ermitaño. Raras veces salía de su oscuro apartamento si no era para ir al mercado de la esquina o al estanco de doña Paquita; “Soy un animal de costumbres”-se decía. El mercado lo visitaba todos los lunes a las 6. Siempre compraba lo mismo: numerosas latas de conserva –mejillones y sardinas en sus diversas variedades-, decenas de plátanos y cinco cajas de mondadientes. Ciertamente, todos allí le conocían y al principio, su presencia y su raro comportamiento –nunca hablaba más allá de lo necesario- les producía un ligero resquemor. Con el tiempo, le tomaron por un loco inofensivo y sus apariciones por el mercado se convirtieron en motivo de mofa. “Está tarado” –decía José, el pescadero; “Durante doce años me ha comprado entorno a una treintena de plátanos semanales. Yo creo que no está bien de la cabeza” –comentaba Jesús, el frutero, con una sonrisa en la boca. “Y lo de los palillos, eso es para nota” –apuntillaba Josefina, la cajera.

Una vez aprovisionado, Juan Pedro cruzaba la calle con su cesta de esparto roído, para dar a parar al estanco de doña Paquita. Lo cierto es que doña Paquita había muerto hacía unos años de una trombosis coronaria y al no tener más descendencia que sus queridos gatos, el negocio lo adquirió un viejo señor ruso, Dimitri, quien vivía en España desde que participó en la Guerra Civil del lado de los republicanos. A pesar de que doña Paquita ya no viviese, todo el mundo en el barrio conocía el estanco como se le había conocido siempre: o bien el estanco de doña Paquita o simplemente “la Paqui”. Allí, Juan Pedro compraba dos cartones de ducados negro y doce sellos de distintos valores. Dimitri, quien gustosamente se interesaba por sus clientes, pronto supo que no debía preguntar demasiado a Juan Pedro. Un pertinente “hola” y un desgarbado “hasta pronto”, eran los únicos elementos de conversación entre ambos.

Nunca cenaba más tarde de las ocho, solía colocar dos latas, una de sardinas y otra de mejillones, sobre la mesa. Después abría el cajón más cercano al fregadero y de allí sacaba un tenedor y un cuchillo y los disponía junto a la lata. Después, de la estantería superior, cogía un vaso –de esos que servían de recipiente de las cremas de chocolate- y lo llenaba de agua del grifo. El agua tenía que estar tibia, ni fría ni caliente. El frío le debilitaba las encías y el agua caliente le era muy desagradable. A continuación, se sentaba y, como si del triunfo del emérita se tratase, disfrutaba de su gran festín. Tras comer las dos latas, cogía un plátano y lo pelaba con el cuchillo. Posteriormente le seccionaba las puntas hasta casi la mitad, tiraba los dos fragmentos a la basura y se comía lo poco de plátano que había quedado. Así, repetía la operación hasta cinco veces.

Un genio es, indefectiblemente, alguien que se proyecta más allá de los límites normales de la conducta humana, pues, ya sea de forma consciente o involuntaria, éstos acaban por quedárseles pequeños. Ser uno de estos pocos elegidos es arduo, de tan débil que es la frontera con el paria o anormal. Pero son los menos de los casos. Recorriendo la línea de la historia se vislumbran, entre tantos otros, unos puntos más gordotes, hitos que marcaron el devenir. En su tiempo fueron muchas veces indeseables, y como tales, apartados de su sociedad. Los mismos que hoy son tenidos por verdaderos nudos de amarre entre lo empírico y lo esperable, y a los que les es debido un justo reconocimiento.


Juan Pedro se tenía por uno de estos puntos gordotes. Por eso comía cinco medios plátanos todos los días; para que cuando las generaciones postreras contemplaran su vida y obra, extasiados de los impensables a los que había aupado a su campo de acción, las maestras (sobre todo éstas, más impresionables) pudieran agregar en un evocador susurro, como coletilla a su extensa explicación, las siguientes palabras “de este genio se dice, además, que comía cinco medios plátanos todos los días”. Y en esto pensaba cada vez que masticaba uno de ellos, deleitándose en las caras confundidas de los pequeños, a quienes se imaginaba boquiabiertos, apesadumbrados por la excelsa figura de quien fue Juan Pedro (él), punto gordote donde los haya, en la historia del progreso humano.

El veinticinco de mayo no iba a ser diferente, y las sardinas pasaron de la lata a su estómago, como después lo harían los mejillones y los plátanos. Todo bien irrigado con un buen tazón de agua del grifo, tibia, como le gustaba. Recogió las latas vacías, que fueron a parar a una gran bolsa negra, de las de basura, en la que había más latas y cáscaras de plátano. La cocina, pequeña, se le antojaba demasiado espaciosa al no hacer uso de algún electrodoméstico. Le sobraban cajones, estantes y armaritos. Le estorbaban las ollas y cazuelas, que tuvieron su razón de ser cuando aún comía lo que cualquier vecino, antes de decidirse por ser un genio
. Ahora, instalada su carrera en la vertiginosa trayectoria hacia el éxito, todo aquello no eran más que molestos recuerdos de una vida anodina y vulgar, a la que procuraba no dedicar ni un solo segundo de su recuerdo.

De nuevo en su taller, satisfecho, se encendió un cigarro. Su mente paseaba por las posibilidades de un nuevo artilugio al que se había abandonado desde hacía tres semanas: un Diseminador Patérico, así bautizado por ser la resultante de la conjunción de los estados patético y eufórico. Su idea era dar con la solución química capaz de convocar en un solo sujeto un estado de ánimo altamente contradictorio, capaz de someter al corazón a los desgarrones más emotivos, obrando jirones sentimentales en cada individuo. Únicamente había de encontrar esa fórmula que llevara hasta los máximos las contradicciones posmodernas en que Occidente se había asentado. Ni más ni menos que un acelerante ontológico que provocaría la condensación, en un tiempo variable, de todos los potenciales sentimientos del ser humano. Un viaje intrapersonal hacia las posibilidades de uno mismo. Una peregrinación por lo más escondido del interior del ser humano, en el que el fin del camino determinaría la predominancia emotiva del sujeto. Un llanto o una carcajada tras la prueba del Diseminador Patérico concluirían definitivamente la predisposición anímica del estudiado.

Hacía unos minutos que el cigarro se había consumido entre sus dedos. El Diseminador Patérico era para él una gran puerta por la que escapar de la realidad. Se entregaba horas a su estudio, a su hipotética realidad futura. Pero ese día, estaba cansado y sus neuronas no discurrían normalemente. Sonó el timbre. Ni caso. De nuevo un cigarro viajando de la boca al cenicero. Otro timbrazo, más largo, más molesto. Tercer timbrazo.

- ¡Sí! Estoy aquí, en mí casa- JP iba hacia el recibidor, profundamente molesto. Descorrió la cortina de cobre que escondía la mirilla, acercó el ojo derecho y vio a un mensajero, el casco de la moto resguardándole el codo. Dos segundos después, abrió la puerta.

Quizá por desprecio a la vida en general o por aprecio a la suya en particular, pero de un modo particular muy particular, demasiado particular, casi egoístamente particular, durante esos dos segundos pensó en hacer esperar al pizzero. No lo hizo.

- ¿Qué quieres?- era una pregunta absurda, pero no sabía que otra cosa decir. La imagen del repartidor le pareció graciosa, porque se acababa de comer cinco medios plátanos y además él nunca comía pizza, no al menos una que no llevase plátanos servidos en rodajas.

- Traigo una pizza.- contestó el chico del casco.

- Yo no he pedido nada, te has tenido que equivocar.- contestó secamente J.P.

- No, mire la dirección.- le espetó el motorista.

- Pues le repito que yo no he pedido nada.- volvió a contestar un poco más nervioso nuestro amante del potasio.

Era una conversación de besugos pero J.P. tampoco podía hablar de mucho más, ni quería, estaba viviendo su segunda etapa vital, la etapa vegetal. Una etapa simple y simplista donde su alma, al menos él creía que era el alma, así evitaba responsabilidades, porque nadie puede ir en contra de su ecosistema, no al menos alguien como él y de su naturaleza, le pedía que se reconciliase amablemente con todos los seres del planeta que aparecieran en su corriente, porque él vivía en la corriente. La corriente de los peces de ciudad, esa corriente de Vicente, la de la gente, la corriente de la gente corriente en fin. Una marea que, aunque vacía, era mucho mejor que su primera etapa, cuando pudo haber sido bacteria y prefirió ser larva.

La Real Academia tiene dos acepciones muy visuales para referirse al José Pedro de esta fase: 1. Animal en estado de desarrollo, cuando ha abandonado las cubiertas del huevo y es capaz de nutrirse por sí mismo, pero aún no ha adquirido la forma y la organización propia de los adultos de su especie.

2 Fantasma, espectro, duende.

Así, el proyecto de oruga fantasmal que fue, tendría mucho que envidiar al pez marea que es. La evolución a otras fases, si es que para él queda alguna después de las dos primeras que ha escogido, surgiría cuando se diera cuenta que a esos dedos amarilleados por el tabaco les queda poco tiempo para recuperar su verdadero color a carne, si es que eso todavía es piel y esas uñas aún no son cortezas de algún animal no perteneciente a la especie humana.

Pero así vive él, así es él, así es José Pedro, José para los conocidos de última hora, Pedro para las chicas que conoce en una noche cualquiera y alocada, Jose para sus amigos de la infancia y José Pedro para su madre. Así es José Pedro, un educado semejante que no debe de tener un gran pasado y que olvidó su entusiástica adhesión a la vida cuando abandonó la adolescencia, así es para sus vecinos, un emperador de bálsamos de esperanza. ¿Tienes esperanza por algo? tranquilo, José Pedro te la suaviza, ese sería su anuncio, su eslogan, y su lugar de residencia el qué tiene, una necrópolis de cemento, hierro, hormigón, baldosas pulidas de granito, anuncios luminosos, cafeterías en ebullición, frías escaleras mecánicas, papeleras futuristas, supermercados con envases metalizados en estanterías metálicas, algún banco en el que coger aliento y otros bancos que te lo roban y gente, mucha gente, gente yendo y viniendo y no llegando a ningún sitio que parece que respira movimiento y en realidad respira rutina. Y en ese instante, de al menos aparente ajetreo, trajín para las abuelas, José Pedro encendería el Diseminador Patérico y levantaría la mirada esperando esperanzado que unos coleópteros le eleven hacia el cielo y le muestren las doradas columnas que sostienen la bóveda celeste, y allí, suspendido en el aire por miles de diminutos exóticos insectos, se encendería otro cigarro mientras contemplaría a los serafines y querubines con sus trompetas y su comparsa, si es que la tienen, y así, a modo de epifanía, otra vez particular, desplazaría el punto de gravedad hacia su ombligo y sentiría el más que probable orgullo, casi cesareo, de ver que el mundo, por fin, gira la cabeza para ver y descubrir a José Pedro, al verdadero José Pedro, no a Jose, José o sucedáneo de persona José Pedro, sino al hombre que hay detrás de su nihilista fachada, de su apéndice de estanco y de su obsesión orangutana.

lunes, 17 de marzo de 2008

CONTINUACIÓN II

En la soledad de una habitación, contenedora tan sólo de sombras, una mesa, una silla y un par de estantes repletos de piernas y brazos apilados, cabezas a medio peinar y algún que otro disfraz, se entretenía Juan Pedro todas las tardes, desde las cuatro, tras haber malcomido alguna lata de conservas. En un cuarto sin ventanas, la luz provenía de un pequeño flexo de mesa que alumbraba poco más que un metro cuadrado de materia, física o no, de la insana estancia. La atmósfera estaba siempre muy recargada al poco de entrar. Antes de su presencia tan sólo estaba cargada, merced al poco aire nuevo que entraba por los bajos de la puerta. El cigarro, de la boca al cenicero y viceversa, era parte de su cuerpo como evidenciaban unos dedos amarillos y unos dientes más opacos de lo normal. La mesa, amplia, soportaba el desorden de quien nada espera de la vida y se entrega a la desesperada labor de ver cómo van cayendo los granitos de arena por las estrecheces del reloj; de alguien que se alimenta por costumbre, que duerme por desgana; un ser asocial, ajeno al significado de la esperanza, aislado tras su piel. En su cara siempre la misma barba varios días persistente, no por dejadez sino porque desde la adolescencia -¿dónde queda?- se le irritaba la piel durante cada afeitado. Fue, en su tiempo, al dermatólogo, aprovechando un quiste, sebáceo le diría el especialista, que se le impuso en la espalda. Después de mirarle el insolente bulto –menos mal que estaban en febrero y no había piscina a la que ir- José Pedro aprovechó el momento. “No me puedo afeitar”, comenzó, “se me irrita la piel nada más empiezo”. El médico, que era muy reputado en su campo, siguió a lo suyo, escribiendo sin escucharle en una hoja tamaño cuartilla en la que ya estaba impreso su nombre y dirección de la consulta. Al acabar interpretó sus jeroglíficos. “Aplícate esto una vez al día –aquí señaló una palabra- con una gasa por el quiste –Juan Pedro alternaba la mirada entre la del propio médico, la cuartilla y el saltarín bolígrafo de plata- durante una semana –no es mucho, pensó el enquistado- y después vuelves a que te vea”. Ahora le avanzó la cuartilla, se levantó y le alargó la mano, esperando la de su paciente para estrecharla. Cuando ya estaba Juan Pedro para enfilar la puerta le dijo “De lo de la piel de la cara pregunta en la farmacia por alguna crema especial”. Pero no acabó por preguntar nunca y el consejo del reputado dermatólogo cayó en saco roto, yendo a morir sus palabras al cementerio del olvido. Así pues, la barba siguió creciendo y él siguió rasurándola una vez por semana, periodo suficientemente extenso como para que su piel no sufriera en demasía.

Ocupaba un piso de las afueras, dos habitaciones, cocina y salón. El segundo B. En el A vivían los Tortuera y, al otro lado de la escalera de servicio, un joven informático recién emancipado y un matrimonio, señor y señora Calvez, con su hijo. Con ellos sólo hablaba lo estipulado en el contrato tácito del buen vecino, es decir, del frío en invierno, del tremendo calor en verano y, alguna vez que se sentía expandido y locuaz, de lo cara que está la vida. Aunque le importaba una mierda cualquiera de estas cosas. En invierno se abrigaba, en verano ponía el aire acondicionado y a finales de mes cobraba más de lo que podía gastar, por lo que consideraba aquellas conversaciones simplemente como obligadas en el paso de una puerta o en la espera del ascensor. Pero nunca se quejaba, ni se alejaba refunfuñando, tan sólo dejaba que pasaran las cosas.

Juan Pedro gustaba del vivir ermitaño. Raras veces salía de su oscuro apartamento si no era para ir al mercado de la esquina o al estanco de doña Paquita; “Soy un animal de costumbres”-se decía. El mercado lo visitaba todos los lunes a las 6. Siempre compraba lo mismo: numerosas latas de conserva –mejillones y sardinas en sus diversas variedades-, decenas de plátanos y cinco cajas de mondadientes. Ciertamente, todos allí le conocían y al principio, su presencia y su raro comportamiento –nunca hablaba más allá de lo necesario- les producía un ligero resquemor. Con el tiempo, le tomaron por un loco inofensivo y sus apariciones por el mercado se convirtieron en motivo de mofa. “Está tarado” –decía José, el pescadero; “Durante doce años me ha comprado entorno a una treintena de plátanos semanales. Yo creo que no está bien de la cabeza” –comentaba Jesús, el frutero, con una sonrisa en la boca. “Y lo de los palillos, eso es para nota” –apuntillaba Josefina, la cajera.

Una vez aprovisionado, Juan Pedro cruzaba la calle con su cesta de esparto roído, para dar a parar al estanco de doña Paquita. Lo cierto es que doña Paquita había muerto hacía unos años de una trombosis coronaria y al no tener más descendencia que sus queridos gatos, el negocio lo adquirió un viejo señor ruso, Dimitri, quien vivía en España desde que participó en la Guerra Civil del lado de los republicanos. A pesar de que doña Paquita ya no viviese, todo el mundo en el barrio conocía el estanco como se le había conocido siempre: o bien el estanco de doña Paquita o simplemente “la Paqui”. Allí, Juan Pedro compraba dos cartones de ducados negro y doce sellos de distintos valores. Dimitri, quien gustosamente se interesaba por sus clientes, pronto supo que no debía preguntar demasiado a Juan Pedro. Un pertinente “hola” y un desgarbado “hasta pronto”, eran los únicos elementos de conversación entre ambos.

Nunca cenaba más tarde de las ocho, solía colocar dos latas, una de sardinas y otra de mejillones, sobre la mesa. Después abría el cajón más cercano al fregadero y de allí sacaba un tenedor y un cuchillo y los disponía junto a la lata. Después, de la estantería superior, cogía un vaso –de esos que servían de recipiente de las cremas de chocolate- y lo llenaba de agua del grifo. El agua tenía que estar tibia, ni fría ni caliente. El frío le debilitaba las encías y el agua caliente le era muy desagradable. A continuación, se sentaba y, como si del triunfo del emérita se tratase, disfrutaba de su gran festín. Tras comer las dos latas, cogía un plátano y lo pelaba con el cuchillo. Posteriormente le seccionaba las puntas hasta casi la mitad, tiraba los dos fragmentos a la basura y se comía lo poco de plátano que había quedado. Así, repetía la operación hasta cinco veces.

Un genio es, indefectiblemente, alguien que se proyecta más allá de los límites normales de la conducta humana, pues, ya sea de forma consciente o involuntaria, éstos acaban por quedárseles pequeños. Ser uno de estos pocos elegidos es arduo, de tan débil que es la frontera con el paria o anormal. Pero son los menos de los casos. Recorriendo la línea de la historia se vislumbran, entre tantos otros, unos puntos más gordotes, hitos que marcaron el devenir. En su tiempo fueron muchas veces indeseables, y como tales, apartados de su sociedad. Los mismos que hoy son tenidos por verdaderos nudos de amarre entre lo empírico y lo esperable, y a los que les es debido un justo reconocimiento.


Juan Pedro se tenía por uno de estos puntos gordotes. Por eso comía cinco medios plátanos todos los días; para que cuando las generaciones postreras contemplaran su vida y obra, extasiados de los impensables a los que había aupado a su campo de acción, las maestras (sobre todo éstas, más impresionables) pudieran agregar en un evocador susurro, como coletilla a su extensa explicación, las siguientes palabras “de este genio se dice, además, que comía cinco medios plátanos todos los días”. Y en esto pensaba cada vez que masticaba uno de ellos, deleitándose en las caras confundidas de los pequeños, a quienes se imaginaba boquiabiertos, apesadumbrados por la excelsa figura de quien fue Juan Pedro (él), punto gordote donde los haya, en la historia del progreso humano.

El veinticinco de mayo no iba a ser diferente, y las sardinas pasaron de la lata a su estómago, como después lo harían los mejillones y los plátanos. Todo bien irrigado con un buen tazón de agua del grifo, tibia, como le gustaba. Recogió las latas vacías, que fueron a parar a una gran bolsa negra, de las de basura, en la que había más latas y cáscaras de plátano. La cocina, pequeña, se le antojaba demasiado espaciosa al no hacer uso de algún electrodoméstico. Le sobraban cajones, estantes y armaritos. Le estorbaban las ollas y cazuelas, que tuvieron su razón de ser cuando aún comía lo que cualquier vecino, antes de decidirse por ser un genio
. Ahora, instalada su carrera en la vertiginosa trayectoria hacia el éxito, todo aquello no eran más que molestos recuerdos de una vida anodina y vulgar, a la que procuraba no dedicar ni un solo segundo de su recuerdo.

De nuevo en su taller, satisfecho, se encendió un cigarro. Su mente paseaba por las posibilidades de un nuevo artilugio al que se había abandonado desde hacía tres semanas: un Diseminador Patérico, así bautizado por ser la resultante de la conjunción de los estados patético y eufórico. Su idea era dar con la solución química capaz de convocar en un solo sujeto un estado de ánimo altamente contradictorio, capaz de someter al corazón a los desgarrones más emotivos, obrando jirones sentimentales en cada individuo. Únicamente había de encontrar esa fórmula que llevara hasta los máximos las contradicciones posmodernas en que Occidente se había asentado. Ni más ni menos que un acelerante ontológico que provocaría la condensación, en un tiempo variable, de todos los potenciales sentimientos del ser humano. Un viaje intrapersonal hacia las posibilidades de uno mismo. Una peregrinación por lo más escondido del interior del ser humano, en el que el fin del camino determinaría la predominancia emotiva del sujeto. Un llanto o una carcajada tras la prueba del Diseminador Patético concluirían definitivamente la predisposición anímica del estudiado.

Hacía unos minutos que el cigarro se había consumido entre sus dedos. El Diseminador Patético era para él una gran puerta por la que escapar de la realidad. Se entregaba horas a su estudio, a su hipotética realidad futura. Pero ese día, estaba cansado y sus neuronas no discurrían normalemente. Sonó el timbre. Ni caso. De nuevo un cigarro viajando de la boca al cenicero. Otro timbrazo, más largo, más molesto. Tercer timbrazo.

- ¡Sí! Estoy aquí, en mí casa- JP iba hacia el recibidor, profundamente molesto. Descorrió la cortina de cobre que escondía la mirilla, acercó el ojo derecho y vio a un mensajero, el casco de la moto resguardándole el codo. Dos segundos después, abrió la puerta.

CONTINUACIÓN I

En la soledad de una habitación, contenedora tan sólo de sombras, una mesa, una silla y un par de estantes repletos de piernas y brazos apilados, cabezas a medio peinar y algún que otro disfraz, se entretenía Juan Pedro todas las tardes, desde las cuatro, tras haber malcomido alguna lata de conservas. En un cuarto sin ventanas, la luz provenía de un pequeño flexo de mesa que alumbraba poco más que un metro cuadrado de materia, física o no, de la insana estancia. La atmósfera estaba siempre muy recargada al poco de entrar. Antes de su presencia tan sólo estaba cargada, merced al poco aire nuevo que entraba por los bajos de la puerta. El cigarro, de la boca al cenicero y viceversa, era parte de su cuerpo como evidenciaban unos dedos amarillos y unos dientes más opacos de lo normal. La mesa, amplia, soportaba el desorden de quien nada espera de la vida y se entrega a la desesperada labor de ver cómo van cayendo los granitos de arena por las estrecheces del reloj; de alguien que se alimenta por costumbre, que duerme por desgana; un ser asocial, ajeno al significado de la esperanza, aislado tras su piel. En su cara siempre la misma barba varios días persistente, no por dejadez sino porque desde la adolescencia -¿dónde queda?- se le irritaba la piel durante cada afeitado. Fue, en su tiempo, al dermatólogo, aprovechando un quiste, sebáceo le diría el especialista, que se le impuso en la espalda. Despuésla consulta. Al acabar interpretó sus jeroglíficos. “Aplícate esto una vez al día –aquí señaló una palabra- con una gasa por el quiste –Juan Pedro alternaba la mirada entre la del propio médico, la cuartilla y el saltarín bolígrafo de plata- durante una semana –no es mucho, pensó el enquistado- y después vuelves a que te vea”. Ahora le avanzó la cuartilla, se levantó y le alargó la mano, esperando la de su paciente para estrecharla. Cuando ya estaba Juan Pedro para enfilar la puerta le dijo “De lo de la piel de la cara pregunta en la farmacia por alguna crema especial”. Pero no acabó por preguntar nunca y el consejo del reputado dermatólogo cayó en saco roto, yendo a morir sus palabras al cementerio del olvido. Así pues, la barba siguió creciendo y él siguió rasurándola una vez por semana, periodo suficientemente extenso como para que su piel no sufriera en demasía. de mirarle el insolente bulto –menos mal que estaban en febrero y no había piscina a la que ir- José Pedro aprovechó el momento. “No me puedo afeitar”, comenzó, “se me irrita la piel nada más empiezo”. El médico, que era muy reputado en su campo, siguió a lo suyo, escribiendo sin escucharle en una hoja tamaño cuartilla en la que ya estaba impreso su nombre y dirección de

Ocupaba un piso de las afueras, dos habitaciones, cocina y salón. El segundo B. En el A vivían los Tortuera y, al otro lado de la escalera de servicio, un joven informático recién emancipado y un matrimonio, señor y señora Calvez, con su hijo. Con ellos sólo hablaba lo estipulado en el contrato tácito del buen vecino, es decir, del frío en invierno, del tremendo calor en verano y, alguna vez que se sentía expandido y locuaz, de lo cara que está la vida. Aunque le importaba una mierda cualquiera de estas cosas. En invierno se abrigaba, en verano ponía el aire acondicionado y a finales de mes cobraba más de lo que podía gastar, por lo que consideraba aquellas conversaciones simplemente como obligadas en el paso de una puerta o en la espera del ascensor. Pero nunca se quejaba, ni se alejaba refunfuñando, tan sólo dejaba que pasaran las cosas.

Juan Pedro gustaba del vivir ermitaño. Raras veces salía de su oscuro apartamento si no era para ir al mercado de la esquina o al estanco de doña Paquita; “Soy un animal de costumbres”-se decía. El mercado lo visitaba todos los lunes a las 6. Siempre compraba lo mismo: numerosas latas de conserva –mejillones y sardinas en sus diversas variedades-, decenas de plátanos y cinco cajas de mondadientes. Ciertamente, todos allí le conocían y al principio, su presencia y su raro comportamiento –nunca hablaba más allá de lo necesario- les producía un ligero resquemor. Con el tiempo, le tomaron por un loco inofensivo y sus apariciones por el mercado se convirtieron en motivo de mofa. “Está tarado” –decía José, el pescadero; “Durante doce años me ha comprado entorno a una treintena de plátanos semanales. Yo creo que no está bien de la cabeza” –comentaba Jesús, el frutero, con una sonrisa en la boca. “Y lo de los palillos, eso es para nota” –apuntillaba Josefina, la cajera.

Una vez aprovisionado, Juan Pedro cruzaba la calle con su cesta de esparto roído, para dar a parar al estanco de doña Paquita. Lo cierto es que doña Paquita había muerto hacía unos años de una trombosis coronaria y al no tener más descendencia que sus queridos gatos, el negocio lo adquirió un viejo señor ruso, Dimitri, quien vivía en España desde que participó en la Guerra Civil del lado de los republicanos. A pesar de que doña Paquita ya no viviese, todo el mundo en el barrio conocía el estanco como se le había conocido siempre: o bien el estanco de doña Paquita o simplemente “la Paqui”. Allí, Juan Pedro compraba dos cartones de ducados negro y doce sellos de distintos valores. Dimitri, quien gustosamente se interesaba por sus clientes, pronto supo que no debía preguntar demasiado a Juan Pedro. Un pertinente “hola” y un desgarbado “hasta pronto”, eran los únicos elementos de conversación entre ambos.

Nunca cenaba más tarde de las ocho, solía colocar dos latas, una de sardinas y otra de mejillones, sobre la mesa. Después abría el cajón más cercano al fregadero y de allí sacaba un tenedor y un cuchillo y los disponía junto a la lata. Después, de la estantería superior, cogía un vaso –de esos que servían de recipiente de las cremas de chocolate- y lo llenaba de agua del grifo. El agua tenía que estar tibia, ni fría ni caliente. El frío le debilitaba las encías y el agua caliente le era muy desagradable. A continuación, se sentaba y, como si del triunfo del emérita se tratase, disfrutaba de su gran festín. Tras comer las dos latas, cogía un plátano y lo pelaba con el cuchillo. Posteriormente le seccionaba las puntas hasta casi la mitad, tiraba los dos fragmentos a la basura y se comía lo poco de plátano que había quedado. Así, repetía la operación hasta cinco veces.

COMIENZO NOVELA MULTI ENTRADA

En la soledad de una habitación, contenedora tan sólo de sombras, una mesa, una silla y un par de estantes repletos de piernas y brazos apilados, cabezas a medio peinar y algún que otro disfraz, se entretenía Juan Pedro todas las tardes, desde las cuatro, tras haber malcomido alguna lata de conservas. En un cuarto sin ventanas, la luz provenía de un pequeño flexo de mesa que alumbraba poco más que un metro cuadrado de materia, física o no, de la insana estancia. La atmósfera estaba siempre muy recargada al poco de entrar. Antes de su presencia tan sólo estaba cargada, merced al poco aire nuevo que entraba por los bajos de la puerta. El cigarro, de la boca al cenicero y viceversa, era parte de su cuerpo como evidenciaban unos dedos amarillos y unos dientes más opacos de lo normal. La mesa, amplia, soportaba el desorden de quien nada espera de la vida y se entrega a la desesperada labor de ver cómo van cayendo los granitos de arena por las estrecheces del reloj; de alguien que se alimenta por costumbre, que duerme por desgana; un ser asocial, ajeno al significado de la esperanza, aislado tras su piel. En su cara siempre la misma barba varios días persistente, no por dejadez sino porque desde la adolescencia -¿dónde queda?- se le irritaba la piel durante cada afeitado. Fue, en su tiempo, al dermatólogo, aprovechando un quiste, sebáceo le diría el especialista, que se le impuso en la espalda. Despuésla consulta. Al acabar interpretó sus jeroglíficos. “Aplícate esto una vez al día –aquí señaló una palabra- con una gasa por el quiste –Juan Pedro alternaba la mirada entre la del propio médico, la cuartilla y el saltarín bolígrafo de plata- durante una semana –no es mucho, pensó el enquistado- y después vuelves a que te vea”. Ahora le avanzó la cuartilla, se levantó y le alargó la mano, esperando la de su paciente para estrecharla. Cuando ya estaba Juan Pedro para enfilar la puerta le dijo “De lo de la piel de la cara pregunta en la farmacia por alguna crema especial”. Pero no acabó por preguntar nunca y el consejo del reputado dermatólogo cayó en saco roto, yendo a morir sus palabras al cementerio del olvido. Así pues, la barba siguió creciendo y él siguió rasurándola una vez por semana, periodo suficientemente extenso como para que su piel no sufriera en demasía. de mirarle el insolente bulto –menos mal que estaban en febrero y no había piscina a la que ir- José Pedro aprovechó el momento. “No me puedo afeitar”, comenzó, “se me irrita la piel nada más empiezo”. El médico, que era muy reputado en su campo, siguió a lo suyo, escribiendo sin escucharle en una hoja tamaño cuartilla en la que ya estaba impreso su nombre y dirección de

Ocupaba un piso de las afueras, dos habitaciones, cocina y salón. El segundo B. En el A vivían los Tortuera y, al otro lado de la escalera de servicio, un joven informático recién emancipado y un matrimonio, señor y señora Calvez, con su hijo. Con ellos sólo hablaba lo estipulado en el contrato tácito del buen vecino, es decir, del frío en invierno, del tremendo calor en verano y, alguna vez que se sentía expandido y locuaz, de lo cara que está la vida. Aunque le importaba una mierda cualquiera de estas cosas. En invierno se abrigaba, en verano ponía el aire acondicionado y a finales de mes cobraba más de lo que podía gastar, por lo que consideraba aquellas conversaciones simplemente como obligadas en el paso de una puerta o en la espera del ascensor. Pero nunca se quejaba, ni se alejaba refunfuñando, tan sólo dejaba que pasaran las cosas.